Consecuencias de la intensificación industrial del bienestar animal

Es innegable que en los últimos años el bienestar animal se ha convertido en un reclamo publicitario que busca satisfacer a un consumidor que ya lo ha asumido como un parámetro de la “calidad” a la hora de elegir su opción de compra.

Consecuencias de la intensificación industrial del bienestar animal

En el pasado las ONG de protección animal definíamos el “bienestar animal” en función de parámetros técnicos y científicos, no aptos para diletantes, que definían un sistema de cría, transporte y sacrificio muy concreto, donde se cerraba con precisión un modelo productivo específico en el que no era sencillo, ni barato, encajar, pero que en contrapartida aseguraba una auténtica producción alternativa que respondía a las expectativas del consumidor sensible con el bienestar animal.

Desde hace unos años le hemos dado la vuelta al mensaje. Las nuevas formas de difusión social ya no permiten largas parrafadas técnicas precisando el modelo deseado sino que exigen impactantes frases cortas, de comprensión rápida y fácil, es decir: la vehemencia y el ímpetu de un eslogan cómodo y elemental. Por ello, en vez de definir lo que queremos, voceamos lo que no queremos, y ahí nos quedamos.

Los extensos y prolijos documentos de condiciones técnicas han sido sustituidos por la banalidad de frases huecas que prometen pero no comprometen: “Gallinas fuera de las jaulas”, “Cerdas sin jaulas parideras”, “Pollo de corral de crecimiento lento”, “Vacas con acceso a pastos”…y demás cohetes al viento. En el sistema que las ONG manejábamos en el pasado, la ganadería intensiva no tenía lugar, la industrialización de la producción alternativa era imposible. Sin embargo, el nuevo enfoque ha abierto de par en par las puertas del mensaje alternativo a una producción barata e intensificada. Una producción supuestamente respetuosa con el bienestar animal que pone en el mercado un pretendido producto alternativo de bajo coste y consumo multitudinario. Macrogranjas de 300.000 gallinas “libres de jaulas” en doce pisos; 130.000 gallinas apiñadas en producción “ecológica”; miles de pollos “de corral y de crecimiento lento” enclaustrados dentro de una nave sin acceso real a patios exteriores; macrogranjas de cerdas sin jaulas parideras….proteína animal barata, publicitada como alternativa,  para asegurar un modelo de consumo, desfasado,  basado en la ingesta masiva de productos de origen animal.

La intensificación “alternativa” está ahogando a la ganadería tradicional y afecta muy negativamente al desarrollo rural

En realidad estamos viviendo una segunda etapa de intensificación ganadera. Si la primera, la del siglo pasado, se aplicó sobre un producto cárnico convencional, ahora se produce sobre un producto publicitado como alternativo porque cumple con el eslogan que justifica esa engañosa distinción (eslogan generado muchas veces por las propias ONGs) pero que, no nos engañemos, se alimenta del mismo principio de siempre, costos, para llegar al mismo objetivo, carne barata. ¿Cuáles son las consecuencias de esta segunda oleada de intensificación ganadera sobre la producción “alternativa?”. Las consecuencias son muchas y casi todas negativas.

El impacto medioambiental de la actual intensificación alternativa es tan nefasto como el de la primera intensificación convencional. La multiplicación hasta el infinito del número de animales “alternativos” mantenidos en una unidad productiva hace inviable una gestión sostenible medioambientalmente. Las necesidades hídricas, energéticas o de otros insumos como la alimentación exceden con mucho las posibilidades del mercado local por lo que esta producción debe acudir al mercado internacional para abastecerse de estos componentes, potenciando los desafíos medioambientales que este mercado global lleva incorporados. Estas unidades productivas “alternativas” a gran escala presentan los mismos problemas de gestión de sus residuos orgánicos e inorgánicos que las convencionales. La segunda fase de intensificación “alternativa” tiene la misma participación que la anterior en la industria química, genética, farmacéutica, mecánica o de medios de transporte. Su dependencia industrial y tecnológica es la misma y su génesis y desarrollo no están vinculados a su entorno geográfico inmediato sino que funcionan al compás del desarrollo fabril y técnico, con su correspondiente cuota de impacto medioambiental y huella climática.

Consecuencias de la intensificación industrial del bienestar animal

Tampoco los animales sujetos a esta nueva intensificación “alternativa” viven necesariamente mejor en cuanto a su bienestar. Una gallina “fuera” de la jaula en un sistema intensificado en niveles múltiples y sin acceso a patios o con patios voluntariamente inhóspitos para que no los use, puede que viva incluso peor que en su jaula individual a no ser que controlemos y mejoremos su contexto medioambiental. Esa mejora medioambiental implica unos costes que no interesan a la ganadería intensiva “alternativa” y nunca los aplicará.

Por último y en relación con los dos puntos anteriores, la intensificación “alternativa” está ahogando a la ganadería tradicional y afecta muy negativamente al desarrollo rural. La ganadería tradicional es la que incorpora los valores “alternativos” de forma natural. Va unido a ella. Es un producto de proximidad, generado en base a recursos locales, y gestionado localmente según tradiciones y costumbres adaptadas al medioambiente, integrado en el mismo y respetuoso con los animales. Ahora contempla impotente cómo estos valores, que son intrínsecamente suyos, son apropiados por la gran ganadería intensiva, industrializados y puestos en el mercado a unos precios con los que el ganadero tradicional no puede competir. Ha perdido su identidad o, mejor dicho, se la han robado…. por apropiación indebida. La ganadería intensiva nunca aportará nada al desarrollo rural, vive de espaldas al territorio en el que se ubica, se abastece de mercados foráneos y sus beneficios se difunden fuera del marco local. Mientras, en el camino, ahoga al resto de formas ganaderas locales ya que, para su supervivencia, precisa de la exclusividad.

Debemos detener este engaño al consumidor. La producción realmente alternativa, respetuosa con los animales, con la sostenibilidad medioambiental y con el desarrollo rural tiene un costo. No existe un producto alternativo “barato”. Y si nos lo venden como tal, es una falacia, un engaño. Las ONG de protección animal debemos llegar a acuerdos con los productores auténticamente alternativos para, entre todos, separar el grano de la paja, señalar dónde se encuentra el producto realmente alternativo e invitar a los consumidores a adquirirlo. El consumidor urbano debe comprender el alto precio social, medioambiental y de bienestar animal que conlleva la compra de productos cárnicos “baratos”, nos los vendan bajo el ropaje que sea. Este es el sentido de la etiqueta “Bienestar Animal avalado por ANDA” acordado entre ANDA y la asociación de avicultura alternativa AVIALTER. Identificar a los productos alternativos de forma veraz y transparente y luego que cada cuál elija….pero que no se engañe a nadie y que el ciudadano común sepa qué está comprando y qué hay detrás.

Autor: Alberto Díez Michelena, Director de la Asociación Nacional para la Defensa de los Animales | www.andacentral.org

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Fuente: Bioecoactual
Asuntos Verdes

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