Comida ultraprocesada

Se dice que sólo deberíamos tomar aquello que nuestras bisabuelas reconocen como alimento. Esta longeva generación que supera los noventa tras haber pasado la guerra y las hambrunas posteriores, tienen muy claro que la comida son frutas, verduras, legumbres, cereales y frutos secos, principalmente. También entienden como alimentos algunos semi procesados, como el aceite, el queso artesano o el pan casero. Pero desconfían instintivamente de esos productos multicolores que llenan las estanterías de los supermercados con largas listas de ingredientes y añadidos. Hablamos de la comida ultraprocesada.

Comida ultraprocesada

Los productos ultraprocesados no son verdaderos alimentos porque no contienen ninguna materia prima completa, a diferencia de una conserva de legumbres o unas verduras congeladas. Se elaboran a partir de ingredientes derivados y a menudo desnaturalizados, como grasas hidrogenadas o fritas, azúcares y harinas refinadas, productos transgénicos y una alta cantidad de aditivos como sal, conservantes, emulsionantes, estabilizadores, colorantes, potenciadores de sabor y aromatizantes. Entre ellos encontramos los snacks, la bollería, las bebidas azucaradas, pero también cereales de desayuno, postre dulces y comidas procesadas como pizzas o croquetas.

Los productos ultraprocesados son una de las causas más directas de la creciente “epidemia” de obesidad

Reputadas marcas nos los ofrecen como verdaderos alimentos, incluso con funcionalidades saludables, aunque no sea cierto, ya que su calidad nutricional acostumbra a ser muy deficiente. Forman una gran parte de la dieta actual, especialmente de las personas más jóvenes, desplazando progresivamente otros alimentos más sanos. Las causas de su elevado consumo van más allá del márqueting omnipresente, el bajo precio y la comodidad. Sus sabores artificialmente potenciados, dulces y salados, están literalmente fabricados para crear bombas gustativas para el paladar y secretar neurotransmisores placenteros que generan dependencia y estimulan el apetito.

Entre sus efectos más inmediatos sobre la salud destacan:

  • Son una de las causas más directas de la creciente “epidemia” de obesidad. Entre sus componentes se acumulan gran cantidad de grasas, azúcares y almidones de la peor calidad, y muy pocos nutrientes. Generan carencias nutricionales que crean ansiedad por comer más y más, sin llegar a solucionar el problema.
  • Los azúcares de combustión rápida crean picos de energía que alteran la producción de insulina, propiciando la aparición de diabetes tipo II.
  • Estos altibajos y la falta de vitaminas B y minerales afecta directamente al sistema nervioso, siendo causa de hiperactividad, falta de concentración, depresión y estrés.
  • Las grasas hidrogenadas o trans están directamente relacionadas con enfermedades cardiovasculares y síndrome metabólico, asimismo con enfermedades degenerativas y diversos cánceres. Si contienen grasas de origen animal no marino, son saturadas y aportan colesterol extra.
  • El exceso de sal afecta negativamente la presión arterial.
  • Los aditivos y colorantes pueden ser causa de alergias, enfermedades autoinmunes o tumores.

Los azúcares de combustión rápida crean picos de energía que alteran la producción de insulina, propiciando la aparición de diabetes tipo II

La mejor manera de evitar el consumo de la comida ultraprocesada es no comprarlos. Las reglas más básicas de salud nutricional pasan por consumir materias primas, preferentemente de origen biológico y de proximidad. Y tomar una buena porción en crudo, con una ensalada bien variada diaria, tres o cuatro piezas de fruta y unos 20g de frutos secos y semillas crudas. Ser proactivos con la propia nutrición, informarse, aprender a cocinar y, a ser posible, cultivar un huerto. Es una forma de resistencia frente a la imposición de la comida basura.

Autora: Mercedes Blasco. Nutricionista, Máster en Nutrición y salud | bonavida099.blogspot.com

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Fuente: Bioecoactual
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